Memorias Encuentro Quito-Ecuador

Si algo me preocupa en este momento es lo que quedará fuera de mi relato porque, seguramente, eso podría resultar más interesante –para mis amigos y amigas-; pero, como bien lo saben ellos y ellas, no hay alternativa: lo dicho será el texto, y las interpretaciones la mejor parte, porque en éstas se conjugan nuestras expectativas, esperanzas y hasta compromisos.

Es martes  29 de diciembre del 2009; 17.45 marca el reloj de mi celular. Un balcón típico de Santa Rosa –El Oro- Ecuador es el escenario de mi escritura; un ruido abrazador de vehículos es la atmósfera de este pueblo de la Costa ecuatoriana…, hace años, inimaginable. A mis espaldas me imagino el sol en el poniente para salvarme de esta brutal aberración de un urbanismo sin sentido. Sirenas de bomberos se suman al enrarecido ambiente; parecería que estoy en una gran ciudad… Descomunal bullicio para un pueblo tan pequeño.

Me salvan dos cosas: una lectura de Ryszard Kapuscinski –que estoy por terminar- y, sobre todo, unos recuerdos aún muy frescos de nuestro encuentro en Quito. ¡De cómo el tiempo y los espacios vividos pueden darnos otro aliento, una dimensión apetecible y transportadora!

En efecto, remitirnos a una semana tan intensa como la que vivimos entre el 12 y 20 del mes que estamos por finalizar, me es tan grato que me asombra cómo diez personas pudimos establecer tal grado de conexión, compromisos, amistad y, por supuesto, reflexión teórica y experiencias tan valiosas para nuestro proyecto.

Si me permiten, con mucha alegría, quiero decirles que hemos logrado entretejer una realidad posible desde la utopía, Somos seres afortunados, y bien que nos la merecemos (la modestia, en esta ocasión, que no sea un obstáculo para expresarnos).

Aunque las fechas no fueran las más apropiadas y las contingencias no faltasen, los escenarios, la voluntad, el afecto, las experiencias y el conocimiento nos fortalecieron e impulsaron para cumplir nuestros objetivos, hasta más allá de lo planificado –digo yo-. 

A Oscar y a Adrián los echamos de menos los últimos días, sobre todo el viernes en la tarde y en la noche, al igual que el sábado. Momentos exultantes de camaradería, entre música, baile, comidas y un despliegue de colores en la Plaza de los Ponchos de Otavalo, o junto al languidecer de la laguna de Cuicocha, o entre las brumas de Taita Imbabura, la silueta del Cotacachi y el casi imperceptible nevado del Cayambe. O allí en la parada obligada para deleitar el paladar con los biscochos y el queso de hoja, cuando regresábamos  a Quito.

¿Cómo no recordar la catarsis de la gala musical que se desbordara en un baile de nosotros –los investigadores-  y al cual los jóvenes no se atrevían? Ver a Efendy, sobre todo, emocionado al escuchar la música de la tierra ejecutada por un trío universitario, y todos a coro cantando y bailando, fue realmente fantástico e inolvidable. 

Hoy, ciertamente, los días han pasado raudos entre festejos y reencuentros con la familia; mas si algo quisiera rescatar del contexto de la cita de Quito es la posibilidad que tuve junto a ustedes, compañeros y compañeras, de redescubrir esta ciudad fabulosa que es la capital de los ecuatorianos. Me refiero a su entorno paisajístico, su fuerza telúrica, su historia trascendente, y sobre todo el sentido de la ciudad antigua con su gente sencilla.

Una Ronda –calle de postal- con sus balcones en diálogo perenne que recuerdan a serenatas en tiempos de bohemia. Trayecto empedrado que dibuja aún carretas de donde asomaban los duendes para espantar a las beatas y conturbar a las doncellas, ahítas de deseos reprimidos entre canelazos y vigüelas hechiceras.

Qué decir del mítico padre Almeida cuya vigencia se instala todas las noches en el Palacio Arzobispal entre tamales y humitas y un humeante café negro, para al oído decirles  a los visitantes (Liliana y Juciano): “Hasta la vuelta Señor”, mientras una  guitarra desgrana un repertorio hispano en el balcón del frente.

De tanto ver –sin mirar- sus plazas, sus atrios, sus edificios republicanos, sus iglesias barrocas, nunca había reparado tampoco en cuánta devoción prodigan los quiteños y quiteñas a los nacimientos y la ritualidad que de éstos devienen: Pases del Niño, disfraces, tránsitos por la ciudad, involucramiento de la vecindad.  San Francisco y su convento resultaron toda una muestra de ello, amén de la Escuela Quiteña con Caspicara, Legarda, Pampite, Miguel de Santiago, Gorivar …

Redescubrí ¡quién lo hubiera imaginado! el arte del vitral en la mismísima Universidad Andina; allí donde suelo ir con frecuencia y que, en ese ir y venir cotidiano, uno es incapaz de mirar qué le rodea, entre otros, en la Sala Manuela Sáez, en el auditorio, en la biblioteca y otros lugares. Y por allí están los altorrelieves, las máscaras, las vírgenes junto al carboncillo, la acuarela, el óleo, los afiches y los espectaculares murales de Egüez franqueando sus funcionales edificios y espacios testimoniales de la historia,  estéticas y creencias ecuatorianas y bolivarianas.

Y en este marco de redescubrimientos, nuestras ideas, experiencias, conocimientos, gustos, afectos, compromisos, comidas, bromas, paisajes, monolitos, artesanías, promesas y despedidas…, la maravillosa oportunidad de ir entretejiendo nuestra Red.

Amigas, amigos, colegas, gracias infinitas por haber venido hasta la Latitud 0, hasta la Mitad del Mundo,  y  haberle permitido a nuestra Facultad la posibilidad de que conocieran de viva voz nuestro trabajo, nuestras preocupaciones científicas, nuestros propósitos; y, además, que sus estudiantes hayan podido constatar que somos tan humanos como ellos; capaces de emocionarnos al escuchar y bailar nuestra música, bromear; pero, por sobre todo, argumentar y defender nuestros puntos de vista sin desmerecer la opinión ajena.

Y lo mejor: aún nos quedan otras jornadas que –sabemos- serán cada vez mejores; de mayor compromiso y más intensas. Sus logros, no dudamos,  serán trascendentes para nuestras universidades y para la academia de la región.

Como podrán apreciar, queridos compañeros y compañeras, las opiniones vertidas aquí no son más que el trasunto de una subjetividad que deviene de un enunciador anfitrión que, sin saber cómo realmente se sintieron en este Segundo Encuentro de la Red, ha querido exteriorizar –entre sorprendido y feliz- su reencuentro con la ciudad que lo ha cobijado durante tanto tiempo, y a la que no había, hasta ahora, representado en la escritura.

Por eso, y por todo aquello  que ha debido quedar fuera del discurso, quiero decirles muchas gracias por el protagonismo y la calidez humanos que logramos fusionar en esta tierra meridional del sol y de la luna, del cóndor y el colibrí, de los quitus-caras y el Pichincha, de Rumiñahui y Espejo, de Manuela Sáenz…; y, por supuesto, ahora también de  ustedes que me han obsequiado un redescubrir insospechado.

 

Alberto Pereira Valarezo                    Ecuador, diciembre del 2009

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